viernes, 2 de febrero de 2018

ESTÁ USTED

Es viernes por la noche… Dentro de cuatro meses a esta misma hora estaría diciendo que es viernes por la tarde, pero estamos a finales de enero y la oscuridad marca los tiempos para los humanos. ( no así para los felinos, pero esa es otra historia)
Es viernes por la noche, digo, habrá invitados y la cena corre de mi cuenta esta vez, pero la falta de costumbre y la pereza que me marca la procrastinación inherente, hace que me encuentre, nervioso e incrédulo, en la cola del supermercado.
Delante de mí, dos personas más: un anciano rondando los ochenta (nunca se me dio bien adivinar la edad, ni siquiera la mía.) que coloca un par de bolsas gigantes de comida para gatos. Quizás de diez kilos cada una. Eso le hace ganarse mi simpatía de manera inmediata. Si ahora mismo, de dentro del anorak naranja y verde (demasiado juvenil incluso para la persona que se lo regaló) en lugar de sacar la tarjeta de débito, sacase una recortada y le volara los sesos al eficiente cajero sin mediar palabra, creo que no descendería más de dos peldaños en mi escala de “seres humanos maravillosos”.
Justo delante de mí hay una señora que, de algún modo, ha predicho la llegada del Armagedon. Al menos eso puedo inferir de la cantidad de alimentos que transporta en un desvencijado carro de ruedas ladeadas. Es esa mujer que puede entablar conversación con un cactus durante cuarenta minutos sin inmutarse. De hecho, ahí va:
- Vaya señor (dirigiéndose al anciano de la recortada, mi Clint Eastwood particular), parece que tiene usted muchos gatos…
El anciano, se vuelve hacia la señora y con una sonrisa beatífica le contesta:
- Pues la verdad es que yo no tengo gatos…
Cada vez veo más claro que en cualquier momento va a sacar la recortada, mi deformación profesional… Maldita cena de amigos, me digo a mí mismo, con ese hemisferio cerebral que va por libre y que me permite seguir dos conversaciones a la vez.
Es entonces cuando a la señora le cambia el gesto, hacia uno mucho más interrogativo.
- Me dedico a darle de comer a la colonia de gatos callejeros del barrio. _ Aclara el anciano.
Definitivamente este señor debe ser Dios, y es entonces cuando me sorprendo pensando que no me extrañaría que llevase la recortada en la sobaquera… ( la ira de Dios y todo eso…)
A la señora del Armagedon no parece que esa situación le parezca agradable y, como no puede evitarlo, debe exponer su opinión al respecto, siempre en un tono de reproche, como no puede ser de otro modo:
- Pues no lo entiendo, con la de niños que hay pasando hambre y frío, no comprendo cómo puede usted gastarse el dinero en comida para gatos…
Ya la cena me importa un carajo. Lo veo venir, bajándose lentamente la cremallera del anorak… el joven cajero peruano ha tenido suerte, los cartuchos irán a parar al lóbulo temporal de la tertuliana de barrio obrero.
El anciano, se vuelve a la señora, y sin borrar la sonrisa que le precede a todas partes, le contesta, en un tono conciliador:
- Efectivamente señora, hay muchos niños pasando hambre y frío, pero para esos pobres angelitos ya está usted, yo me dedico a los gatos.

No sé qué hacer… tirar las botellas del vino al suelo y aplaudir, secarme las lágrimas de los ojos, crear una religión… No lo sé.

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