viernes, 29 de julio de 2016

YO, COMO JACK TORRANCE

La disciplina tiene esa mala fama de los que firman separación de bienes antes de la boda. Anula el romanticismo pueril que nos ata a nuestros sueños, como si estos no proviniesen de años una férrea y contumaz educación bien disciplinada.
Escribir, escribir, escribir… Como Jack Torrance: escribir.
El ejercicio mismo de teclear sin remordimientos, lo que vaya sucediendo, como el que coloca acordes, aparentemente sin sentido. Es solo el principio.
Entrenamiento disciplinado. Años mostrando este hecho y nunca autoaplicado. Hasta hoy.
Que soy un semidiós de la procrastinación es algo que he mantenido muy a gala durante casi cuatro décadas. Y hubo un tiempo, pueril –insisto y asumo-, en el que incluso presumía de ello: la inspiración como un don.
Y personificamos a las que ofrecen o niegan esa inspiración, musas les llamamos, para tener a quien culpar de nuestra falta de destreza, vagancia o desinterés. Ya volverá. Como la suerte.
La suerte es estar vivo, como dice un querido amigo: levantarte sano cada mañana es únicamente una posibilidad. La suerte es, reitero, estar vivo. El resto depende de lo que hago o dejo de hacer. La disciplinada ley del efecto. Solo la falta de conocimiento de las diferentes variables que intervienen en el proceso hace que atribuyamos a la suerte tal o cual hecho. Como mi antepasado con la lluvia o el rayo por haber enfadado a este, ese o aquel dios. Y matamos vírgenes para contentarlos (lo de quemar vírgenes no es exclusivamente republicano).
Pues aquí me tienes, un 29 de julio, con las ventanas abiertas, Bruno dormitando en un alféizar y yo tecleando sin orden ni concierto. Desgajando las uvas del racimo de mis pensamientos como un autómata. No me detengo.
Somos lo que hacemos. Y les ponemos nombres que, en ocasiones, utilizamos sin darnos cuenta de lo que significan. No hace mucho caí en la cuenta del signoificado de una palabra muy común. Cuando expuse de donde venía y qué significaba realmente, mi audiencia (no excesiva) también quedó algo turbada al principio, como quien descubre que lleva toda su vida utilizando una herramienta (siempre defiendo el lenguaje como herramienta) sin ser muy consciente de para lo que sirve.
¿Qué es algo hinchable? Que se puede hinchar.
¿Y contable? Que se puede contar.
¿Y lavable? Que se puede lavar.
Pues bien, utilizamos la palabra amable ante un señor o una señora que nos indica dónde está la calle que buscamos, por ejemplo. Pero amable es alguien al que se puede amar. Y se puede amar por lo que hace. Yo no amo a una persona que me indica dónde está la plaza Olavide. Estoy agradecido pero no le amo, al menos no creo que sea digno de ser amado solo por eso.
Somos lo que hacemos. Yo no puedo entrenar ser puntual, yo puedo entrenar llegar a la hora convenida. Cuando lo haya ensayado tantas veces que lo haga en repetidas ocasiones con acierto la gente dirá de mí que soy puntual.
Pes escribir también. Soy escritor cuando escribo y cuando lo ensayo tantas veces que no necesito que unas señoritas etéreas vengan a verme.
Actos concretos: las palabras son solo herramientas para abarcar la realidad y expresarla.
Soy lo que hago. 
Mis actos me definen.
Y a ti también.

1 comentario:

  1. Nunca había pensado en el término "amable" para referirme a alguien a quien amar. La verdad es que le da otra perspectiva...
    Me alegra que hayas retomado los ensayos

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