viernes, 29 de julio de 2016

YO, COMO JACK TORRANCE

La disciplina tiene esa mala fama de los que firman separación de bienes antes de la boda. Anula el romanticismo pueril que nos ata a nuestros sueños, como si estos no proviniesen de años una férrea y contumaz educación bien disciplinada.
Escribir, escribir, escribir… Como Jack Torrance: escribir.
El ejercicio mismo de teclear sin remordimientos, lo que vaya sucediendo, como el que coloca acordes, aparentemente sin sentido. Es solo el principio.
Entrenamiento disciplinado. Años mostrando este hecho y nunca autoaplicado. Hasta hoy.
Que soy un semidiós de la procrastinación es algo que he mantenido muy a gala durante casi cuatro décadas. Y hubo un tiempo, pueril –insisto y asumo-, en el que incluso presumía de ello: la inspiración como un don.
Y personificamos a las que ofrecen o niegan esa inspiración, musas les llamamos, para tener a quien culpar de nuestra falta de destreza, vagancia o desinterés. Ya volverá. Como la suerte.
La suerte es estar vivo, como dice un querido amigo: levantarte sano cada mañana es únicamente una posibilidad. La suerte es, reitero, estar vivo. El resto depende de lo que hago o dejo de hacer. La disciplinada ley del efecto. Solo la falta de conocimiento de las diferentes variables que intervienen en el proceso hace que atribuyamos a la suerte tal o cual hecho. Como mi antepasado con la lluvia o el rayo por haber enfadado a este, ese o aquel dios. Y matamos vírgenes para contentarlos (lo de quemar vírgenes no es exclusivamente republicano).
Pues aquí me tienes, un 29 de julio, con las ventanas abiertas, Bruno dormitando en un alféizar y yo tecleando sin orden ni concierto. Desgajando las uvas del racimo de mis pensamientos como un autómata. No me detengo.
Somos lo que hacemos. Y les ponemos nombres que, en ocasiones, utilizamos sin darnos cuenta de lo que significan. No hace mucho caí en la cuenta del signoificado de una palabra muy común. Cuando expuse de donde venía y qué significaba realmente, mi audiencia (no excesiva) también quedó algo turbada al principio, como quien descubre que lleva toda su vida utilizando una herramienta (siempre defiendo el lenguaje como herramienta) sin ser muy consciente de para lo que sirve.
¿Qué es algo hinchable? Que se puede hinchar.
¿Y contable? Que se puede contar.
¿Y lavable? Que se puede lavar.
Pues bien, utilizamos la palabra amable ante un señor o una señora que nos indica dónde está la calle que buscamos, por ejemplo. Pero amable es alguien al que se puede amar. Y se puede amar por lo que hace. Yo no amo a una persona que me indica dónde está la plaza Olavide. Estoy agradecido pero no le amo, al menos no creo que sea digno de ser amado solo por eso.
Somos lo que hacemos. Yo no puedo entrenar ser puntual, yo puedo entrenar llegar a la hora convenida. Cuando lo haya ensayado tantas veces que lo haga en repetidas ocasiones con acierto la gente dirá de mí que soy puntual.
Pes escribir también. Soy escritor cuando escribo y cuando lo ensayo tantas veces que no necesito que unas señoritas etéreas vengan a verme.
Actos concretos: las palabras son solo herramientas para abarcar la realidad y expresarla.
Soy lo que hago. 
Mis actos me definen.
Y a ti también.

sábado, 20 de febrero de 2016

SIN DISCUSIÓN

El difícil ejercicio de mantenerse callado y a salvo por fuera mientras todo arde en el interior. 
No existe un reforzador más poderoso que tener razón y solemos administrárnoslo en dosis convenientes para establecer un adecuado estatus de autoestima.
Me resulta llamativo el hecho de que todo el mundo utiliza frases huecas y manoseadas de pseudopsicología y autoayuda, según las cuales cada uno de nosotros se encuentra en el escalón más elevado de la pirámide social. “Cómo evitar a toda esa gente tóxica”: quizás, solo quizás, tú eres el tóxico. “El tiempo pone a cada uno en su lugar”: a ti también te puso exactamente donde te mereces. “Los verdaderos amigos no te abandonan en los momentos difíciles”: los verdaderos amigos o los más despistados. “Si ya no está a tu lado es que no merecía la pena”: pero quién se alejó de quién, no olvides la relatividad de Einstein, perfectamente aplicable en contextos más mundanos. “Uno tiene que quererse a sí mismo para que lo quieran los demás”: somos seres sociales y aprendemos por imitación y contingencias, ¿fue primero el huevo o la gallina? “Lo importante es que me haga reír”: pero suele hacernos más gracia los chistes de Hugh Jackman o Charlize Theron que los de Arévalo o Rosy de Palma. ¿Sigo o te haces una idea?
Queda patente que somos (como no podría ser de otra forma) los protagonistas de nuestra historia, todo está hecho a nuestra imagen y semejanza. Somos la medida de todas las cosas.
Es por esto que vengo a hacer un alegato a favor de la incoherencia de la discusión. Salvo honrosas excepciones que se caracterizan por la nimiedad de su importancia, las personas nos basamos en el principio expresado al comienzo de mi escrito: Tengo razón.
Nuestras creencias, nuestros valores, nuestro modo de vida es el correcto. En función de cuánto te acerques a mi forma de ver el mundo aceptaré tus principios. Las personas no vemos la realidad tal cual es sino tamizada por nuestro cerebro que lo distorsiona lo suficiente para que quepa en nuestro sistema global.
Imagina una estantería con varias baldas donde colocamos nuestras ideas del mundo. Una nueva idea será aceptada si cabe en nuestras baldas y desechada si es imposible cuadrarla con el resto de ideas que ya contenemos. A veces, para que entre una nueva idea, es necesario recolocar o eliminar otras anteriores. Como cuando ordenamos una estantería y debemos recolocar los libros o tirar carpetas antiguas para que, de este modo, entren nuevos libros y papeles. Otras veces, el libro (la idea) nuevo es tan grande que no cabría jamás en nuestra estantería por lo que o cambiamos el mueble o descartamos el nuevo libro. La segunda opción es la más habitual.
Es muy difícil echar abajo un sistema de creencias, no tratamos de convencer porque no sirve de nada, solo para apuntarnos una muesca en nuestro vanagloriado ego: otra víctima de nuestra supuesta superioridad moral e intelectual, otro “tengo razón”.
Y no merece la pena. Cansa y hastía, no conseguiremos que cambie de postura.
No discutimos para convencer a los demás o para dejarnos convencer sino para pasar por encima del otro, para vencer. Para escucharme dar mis propios argumentos, para decirme a mí mismo: tengo razón, me refuerzo en mi postura. Tú no tienes razón. Siguiendo el símil anterior, no intento ofrecerte un libro nuevo, intento apabullarte con la colección completa de los Episodios Nacionales de Galdós, versión ampliada de coleccionista con tapa dura. Es decir, busco que tengas que echar abajo toda tu estantería y quememos tus libros juntos en la hoguera de tu vergüenza, con una gran sonrisa triunfante que denote tu derrota.
Nuestro ego, nuestra autoetima impide nuestra derrota en este sinsentido por lo que, al final, todo se reduce a un ejercicio de onanismo racional que durará lo que duren las cervezas o la paciencia.
Al final no hablamos de aquello que sabemos que puede incomodar a nuestro interlocutor y preferimos  manejarnos en aquellos aspectos que no dañan, nos regocijamos al comprobar aquellos títulos que compartimos en nuestra biblioteca.
Por eso vuelvo a mi idea inicial: No tiene mucho sentido discutir, salvo que queramos autosatisfacernos un rato escuchando cómo estamos de acuerdo con nosotros mismos, todo es orden, coherencia y razón. Autorrefuerzo.  

Lo aquí expresado no admite discusión. Tengo razón.  

domingo, 26 de octubre de 2014

SI TE CRUZAS CONMIGO

Si por casualidad te cruzas algún día conmigo por la calle,
por favor,  no olvides decirme que me estoy buscando.
Que me dejé la cama deshecha, los platos en el fregadero,
la ropa en la lavadora y los juguetes por el suelo.
Que me echo de menos, que no dejé remite en el sobre
ni sonrisa en el espejo.
No olvides por favor preguntarme qué ha sido de mí este tiempo
y si recuerdo algo de antes del accidente.
Pero ten cuidado, si ves que sonrío menos y que parezco ausente
quizás te estés confundiendo de persona,
ese no soy yo, a ese no es al que busco.
Puedo vivir así mil años más y otros mil por si acaso,
sereno, tranquilo, afable y sonriente ocasional.
No creas que estoy acabado, triste, taciturno o descreído.
No, no es eso.
No intentes hallar aquí una llamada de auxilio para todos los públicos,
que tampoco es eso.
Es menos grave que todo eso,
y quizás sea eso lo más grave.

jueves, 21 de agosto de 2014

PARTEN TRENES

Parten trenes a todas horas a cualquier lugar.

Coger un tren es solo cuestión de tiempo, coger el correcto es solo una probabilidad. Una mínima probabilidad que va aumentando progresivamente mientras continuamos subidos en él. Conforme pasan paradas en las que no nos apeamos para hacer transbordo.

Miramos atrás y vemos raíles, líneas férreas paralelas que, por puro espejismo, convergen en un punto de fuga infinito. Y nos convencemos de que este es nuestro tren, que acertamos, que teníamos una mínima probabilidad y sin embargo acertamos.

Y no vemos el miedo que realmente nos produce apearnos en la próxima estación y coger el siguiente tren que salga, vaya a donde vaya. No vemos que conforme pasamos tiempo en el vagón la sensación de acierto aumenta.

Y no vemos que no hay comparación posible cuando nos preguntamos “qué hubiese ocurrido si…” porque conjugar ese tiempo verbal niega cualquier posibilidad de ocurrencia real, lo que conlleva indefectiblemente a crear una realidad paralela con la que comparar nuestra trayectoria elegida libremente (aquí debe percibirse la ironía, si no es así, está mal escrito), acertando entre tantísimas probabilidades porque somos infalibles. Y esa comparación será soportable en la medida en la que el tiempo transcurrido en nuestro vagón sea el suficiente como para habernos adaptado y hecho nuestra la elección. Sufrimos un síndrome de Estocolmo de nosotros mismos, de nuestras elecciones. Nos protegemos.

Y no vemos que cuando elegimos no tuvimos en cuenta las consecuencias. Que una elección sin comparación no es una elección. No hay una verdadera elección si no hay un conocimiento de las consecuencias del acto de elegir. Lo que realmente define una elección no es el color del tren, sino su destino. Y cuando cogemos un tren sabemos de qué color es, pero no adónde se dirige. Eso viene después y en función de ello, vamos alimentando nuestra sensación de acierto comparándolo con el famoso “qué hubiese ocurrido si…”.

Nos otorgamos la autoría del éxito o el fracaso de unas elecciones de las que desconocíamos las consecuencias a priori (porque no está marcada la ruta antes de subirnos al tren). Somos injustos con la situación, ya que nada ni nadie soporta una comparación con un supuesto (“qué hubiese pasado si…”) si queremos ver un error y también somos injustos al dispensarnos de toda responsabilidad y pensar que las consecuencias están ahí y no podemos evitarlas, que no dependen, en cierta medida, de nuestras acciones: Podemos ser pasajeros o maquinistas. 

El error probablemente no esté en coger uno u otro tren sino en saber qué hacer una vez que ya estás dentro de él. En función del pasaje que saquemos aumentará nuestra indefensión ante las consecuencias y, por tanto, nuestra sensación de haber realizado una elección errónea. Y aún así, el éxito o el fracaso sigue siendo una cuestión de probabilidades. Mientras circulas depende de en qué parte del paisaje te fijes y con qué quieras compararlo.

Parten trenes a todas horas a cualquier lugar. Quizás lo más práctico sea subirnos al tren que tenga el color que más nos guste, planificar una ruta y procurar ser el maquinista el mayor tiempo posible. Sabiendo que es bueno hacer transbordo de vez en cuando, porque a veces hay momentos en los que nos ponen (o ponemos) una capucha en la cabeza y nos suben (o subimos) a un tren que no elegimos o del que ya ni siquiera nos gusta el color (aunque tenga asientos cómodos).

lunes, 18 de agosto de 2014

INTUICIÓN

Cuentan que una noche, asesino y víctima, quedaron para cenar.
Nada especial, olvida las formalidades… llevo espiándote mucho tiempo, te conozco bien, no hace falta que vayamos de etiqueta.
La víctima, que sabía que no podía negarse, no se negó. Lo extraño del caso no fue que accediera a acompañar a su asesino a la cita, sino que éste no necesitó persuadirlo demasiado.
Todos hubiésemos deseado un secuestro, un chantaje, un treinta y ocho de cañón recortado en las costillas, un “siga a ese taxi”… un poco de cine negro, al más puro estilo Bogart. Nos decepcionó tanto… Accedió libremente, podría decirse. Aunque sabía que no podía negarse.
La cena transcurre con normalidad, un reservado en la esquina opuesta a la entrada de aquel restaurante que ya conoces. Un martes poco concurrido, en el salón una pareja de turistas despistados, el mantel todo plano de la ciudad, y el eterno “señor americana de pata de gallo” junto a la chimenea de adorno, con su eterna copa de balón de coñac -¿francés?-  y su periódico arrugado sobre la mesa baja de cristal y forja oxidada.
Al salir del restaurante, la víctima y el asesino no volvieron a casa, sino que se dirigieron a la pensión cutre que hay en la esquina de Fuencarral con Farmacia y pidieron una habitación con baño individual.
Sonaban las pisadas cansadas, arrastrándose prácticamente por las baldosas rotas del descansillo, con la tenue luz de una bombilla antigua sin más adorno que un casquillo y una tela de araña sin presa ni inquilina, una tela de araña hace tiempo desahuciada.
Serían las doce de la noche cuando la llave se introdujo  en la cerradura y una mano giró el pomo de la puerta para permitirles acceder al cuchitril que se mostraba.
Oscuro, sucio y con olor a moho en las paredes. El mobiliario: Una percha de pie rota, una cama rota y vieja con una sábana rota, vieja y raída, y como colofón una mesita de noche rota, vieja, raída y coja. Por toda luz otra bombilla de luz amarilla, mismo decorador aunque, esta sí, con su araña reglamentaria entretenida tejiendo su nueva casa-trampa. La luz amarilla de la bombilla reflectada en las paredes grises (quizás fueron blancas una vez, solo una.) llenaba ese cuartucho sin ventanas de sombras epilépticas.
El baño, minúsculo, plato de ducha sin cortina –mejor-, lavabo con su pertinente raja y un solo grifo mal anclado, váter indescriptible y hediondo y quizás uno o dos azulejos blanquecinos y grasientos sin desperfectos. El espejo, con una esquina rota y con esa niebla que se va introduciendo con el tiempo, como en el vítreo, hasta convertirlo en un espejo con cataratas.
Perfecto.
La víctima entra en el cuarto de baño iluminado por la luz de la habitación, pues la bombilla de esta estancia hace tiempo que cesó en sus funciones. La suerte es que lo que queda de lo que debería ser la puerta del baño son solo unos goznes oxidados. Mira al espejo y entre la niebla distingue al asesino, que lentamente introduce el cañón del treinta y ocho (sabía que no nos fallarías, eres un romántico) en la boca de la víctima y aprieta el gatillo sin tener que parlotear como en las películas malas.

Una bala, tres víctimas: el asesino, el suicida y el dueño del hostal que tendrá que soportar estoicamente la investigación y limpiar por fin ese cuarto de baño…  

viernes, 31 de enero de 2014

UNA MUY BREVE REFLEXIÓN SOBRE LA MUDANZA

¿En cuántas cajas de cartón cabe tu mundo? 

Podrían ser incontables o ninguna. Un número determinado o cualquier cifra periódica pura. Un número irreal, o una letra. El logaritmo neperiano de e cuando x tiende a infinito o la suma de dos números primos cualesquiera… o ninguna.

Mi vida solo cabe en una caja y no es de cartón. Yo no veré esa caja, porque estaré dentro. Y no será de cartón porque será de árbol. Ojalá de olivo, ojalá de limonero.

Entre todas mis cosas hay algunas que son mías y otras a las que siento que pertenezco. Mi teléfono, mi nombre escrito en unas cartulinas ridículamente grandes que les dicen a otros cuál debería ser mi empleo, ms libros (no todos), nombres de ciudades visitadas, mi equipo de chapas, mi reloj de pulsera y un jersey nuevo. El resto son mis cosas. Prescindibles cosas. Como cualquier cosa.

Tengo dos muebles y dos escaleras, un reloj, una farola, un colchón y un sofá feo e incómodo que tiene la particularidad de convertirse en cama de invitados. Y un ordenador jubilado, que ya sabe que no lo quiero. Que cualquier día ya no se despierta.

Mi vida no cabe en cajas de cartón, porque está ahí fuera.

Febrero del catorce.  Me cuesta encontrar la palabra precisa, todas tienen alguna acepción que las invalida para dar exactamente el matiz que necesito para expresar lo que siento. Y no quisiera equivocarme en esto. Es la posibilidad de hacer algo nuevo, de partir de cero. Como si todo lo anterior hubiese concluido. Una nueva temporada, mismos personajes pero nuevos episodios.

Rompo una norma y os hablo de mí en primera persona:

Tengo mujer e hija (adoptada), esta última peluda, algo arisca y callada. Apenas habla porque no lo necesita, porque, como en el chiste, hasta ahora está todo perfecto. Yo espero que jamás hable, así seguirá estando todo perfecto. A aquellos iluminados que me dicen que cómo va a hablar si es una gata, yo les respondo que eso es un detalle insignificante.

Mi mujer tampoco es mía ciertamente, pertenece a sí misma y eso es lo que más me gusta de ella. Cuando deje de ser ella para convertirse en algo mío, sabré que puedo meterla en una caja de cartón y entonces ya no estará ahí fuera, donde me gusta mirarla.

Hoy he firmado un contrato de habitabilidad común. Es una casa en construcción, tan solo tiene suelo, tabiques, techo, puertas y ventanas. Suministro de luz, gas y agua, cristales de climalit y calefacción central. Tan solo eso, tan solo estancias. Ahora nos toca construir.


Podéis participar.

sábado, 19 de octubre de 2013

PORQUE TÚ EXISTES

Porque tú existes no preciso más pruebas para demostrar la inexistencia de tu dios.
Porque tú existes sobran motivos para crear armas de destrucción selectiva.
Porque tú existes hay hambre, dolor, sufrimiento, llanto, pena, desesperación y rabia.
Porque tú existes yo enseño a mis alumnos qué es la indefensión aprendida.
Porque tú existes  hay medicamentos que tratan enfermedades que vinieron contigo.
Porque tú existes me enseñaron a competir con quien estaba llamado a ser mi amigo.
Porque tú existes aprendimos a fortificar, primero ciudades y más tarde individuos.
Porque tú existes se aventuró el mal necesario y el daño colateral.
Porque tú existes desapareció de los libros de texto la primera persona del plural.
Porque tú existes se parcelan recursos naturales y se venden fósiles a precio de vida.
Porque tú existes cada vez caben menos seres en este planeta moribundo.
Porque tú existes mi cuerpo me mata, tan solo un poco más cada día.
Porque tú existes la muerte ha dejado de ser la última de las soluciones posibles.
Porque tú existes hemos aprendido a blindarnos ante el horror ajeno.
Porque tú existes nos hemos condenado a vivir en presente de indicativo.
Porque tú existes me parapeto detrás de los libros frente a mis conciudadanos.
Porque tú existes me he convertido en viajero de piedra en el transporte público.
Porque tú existes he creado un país de un solo habitante (quizás dos, no más de seis).
Porque tú existes practico frente al espejo una amplia variedad de miradas de recelo e indiferencia.
Porque tú existes aprendemos a caminar por encima de la gente.
Porque tú existes se antepone la propiedad privada al bien común.
Porque tú existes me preocupa más mi úlcera que la capa de ozono.
Porque tú existes no hay bien que por mal no venga, ni bien que cien años dure.
Porque tú existes el fin ya siempre justifica los medios (incluidos los de comunicación).
Porque tú existes ya no creemos al otro ni aun metiendo la mano en su costado.
Porque tú existes uno es culpable hasta que demuestre lo contrario.
Porque tú existes las letras ya solo valen si son del tesoro.
Porque tú existes Justicia cambió su balanza por maquillaje y la venda por un liguero.
Porque tú existes ya ni tan siquiera “in god we trust”.
Y todo esto
símplemente porque tú existes.

miércoles, 17 de julio de 2013

EL AGUA ESCASA

Saber que en este mundo, aún siendo demasiado grande, no todas las personas encuentran su lugar, no elimina la desazón y tampoco evita la desgana de enfrentarse a lo ilógico del axioma.
Que compartan espacio (y aún más sorprendente: tiempo) un neoyorquino y un bosquimano, no tiene demasiado sentido si nos aproximamos al hecho desprovistos de toda carga sentimental y p/maternalista. Pero el hecho es ese y es concienzudamente evidente.
Einstein y otros como él ya nos aclararon aquello de la relatividad espacio-temporal y que, por tanto, cada uno vive según sus escalas y en comparación con las del tipo de al lado… Pero eso me hace pensar, a veces, que vivimos en espacios y en tiempos diferentes.  Quizás aparentemente los seres humanos compartamos un único mundo, pero está claro que no compartimos el mismo tiempo, ni tan siquiera la misma era.
Me chirría algo por dentro, sin duda el engranaje debe tener alguna rueda desdentada, cuando pienso que estamos tratando de investigar el profundo universo en busca de otros mundos, de otras formas de vida…  Y se discute acerca de la alianza con los extraterrestres, de sondas interplanetarias, de púlsares, del programa Pioneer, de la onda “wow”… Y qué esperamos encontrar.
Voy a ponerme en el mejor de los casos:
Encontramos otra forma de vida basada en el carbono como nosotros, evidentemente, y para no salirnos del guión original, son una sociedad mucho más avanzada que la nuestra, la cual tiene el secreto para curar todos aquellos males que nos oprimen hoy en día: enfermedades, guerras, desconocimiento, injusticia, muerte…   
¿Y qué pensamos que sucederá? Os daré una pista: En nuestro primer mundo tenemos el secreto para curar todos aquellos males que oprimen hoy en día al tercer, cuarto y todos esos otros mundos que comparten nuestro espacio: enfermedades, guerras, desconocimiento, injusticia, muerte…

Nos afeitamos con el grifo abierto… y el agua es escasa.  

jueves, 6 de junio de 2013

BREVÍSIMO MUESTRARIO DE FAUNA IBÉRICA

Banqueros, jueces, fiscales con vocación de abogados, abogados con vocación de abogados (más tarde las leyes), políticos (de esos de los cubatas a tres cincuenta y Ipad que se despistan en cualquier aeropuerto y aparecen en la habitación de su hijo, el pequeño),aparece la troika y las cifras del paro, la ley del escaso trabajo, el ideólogo fascista, el monarca, su escopeta y su elefante, su “veintitresefe” y su aristócrata vedette, el campeón de balonmano, el hijo del franquista, la ley antiaborto dictada desde un crucifijo, el empresario de moda, la despistada, el ex presidente, el periodista comprado, el otro, la botella, el vino, la que se fue para quedarse, el erre que erre, la Andalucía más paleta, el chófer camello, el hijo del cacique, los treinta y ocho millones, el sacro imperio romano-germánico de Merkel I de Alemania y V de España, otra despistada, los sobres, las sobras, el traje, el ultraje, los paraísos fiscales, la amnistía sesgada, este estado con su mala salud de hierro, el sumidero por el que se desangra el bienestar del estado, la clase media que ni está ni se le espera, las almas de quienes las tengan, el padre, la madre y los hijos de bien, las medias tintas, el mal rato (leer con mayúscula), la ley de educación católica apostólica y romana, la hipoteca y su hermana, lo insalubre, la falta del euro, el café a uno cincuenta, el que paga la cuenta, la marca España, el jaguar de la puerta, el confeti, el que mata a su ex novia (leer en plural), la cupletista, casi cualquier alcalde, la menos tonta de las infantas (que iba a salir antes pero se ha despistado), las tijeras del ministro, la ley de emprendedores, el desahucio, la delegada del gobierno, los antidisturbios, las vallas del congreso, ese edificio donde ratifican las leyes al que llaman senado, el escaño vacío en días de partido, las dietas, los diez mil consejeros, la nacionalización, la externalización, la privatización más todo lo que acabe en ismo.

martes, 2 de abril de 2013

REQUIEM


No es atribuible al tiempo, que es atemporal, como paradoja máxima en sí misma de la existencia. El espacio… el espacio es eso que dejas entre nosotros.
Tampoco creo que se deba a la lluvia que, en su sacrificio por la vida, se deja caer desde tan alto…

Yo, personalmente, considero que es culpa tuya. Que no lo viste venir y eso es todo.

Estaba ahí, ante tus ojos, como animal lastimado tras el atropello y la fuga… gimiendo, lamiéndose las heridas, curvado hacia dentro, fetal, haciéndose ovillo de piel y hueso: buscando nacer de nuevo.

Y tú volviste la mirada. Giraste el cuello levemente y esa fue toda tu respuesta ante la exposición en vivo de otra muerte. La mía.

No te apures, no es un reproche aunque pudiera parecerlo. Es la constatación de un hecho probado. No es la primera ni será la última vez que me veas morir ante tus ojos: tan solo tienes que girar el cuello levemente. Exactamente igual que ayer. Exactamente igual que mañana.

Si te preguntan por mí, búscate un cliché de esos que aprendimos en el cine…
Si te preguntas por mí, mírate al espejo. Tras esas canas dispersas, esas marcas junto a los ojos y ese rostro cada vez más cansado, estuviste vivo hace no demasiado.
Ahora todo  pesa, cada decisión, cada muerte, cada excusa…

Los huesos y músculos son tu aliado en la derrota pasajera: te ofrecen heridas que lamer mientras te curvas hacia dentro, fetal, haciéndote un ovillo de piel y hueso: buscando nacer de nuevo.