sábado, 19 de mayo de 2012

TODO/NADA

Cuando todo parecía perdido, el experto apareció para confirmarlo: Todo está perdido.

En ese momento te preguntas qué significa todo. Y piensas en el Universo expandiéndose hasta el infinito, ensanchando el horizonte, quemando galaxias enteras... Y te parece insignificante ante tu Todo.

Un pensamiento: Somos mundos que cohabitan una galaxia infinita. Cada uno de nosotros es un mundo. Hay otros mundos que comparten nuestro sistema, se relacionan con nosotros, nuestras órbitas se cruzan, hay asteroides, satélites y supernovas, algunos nos tocan, otros pasan demasiado lejos...

Cuando Todo se acaba lo peor es que tú no te acabas. Tú sigues. Vacío, pero sigues. Y tienes que empezar de cero. De Nada. Y poco importa la edad que tengas, porque se trata de volver a nacer. De volver a construirte. Eres el Creador de tu mundo.

Primero tienes que sentir el frío de la soledad absoluta, oscura. Luego viene la certeza de que nunca volverás a ser nada. Más tarde hay que desautorizar a la certeza y empezar a construir de nuevo. Desde abajo.

No tienes que construir un contexto habitable, sino un sujeto. Es el milagro de la autocreación. Insuflarte vida y volver a ponerte en órbita. Aparecerán nuevos planetas, asteroides, satélites y supernovas.

Y este ejercicio de destrucción y renacimiento se repetirá varias veces a lo largo de la existencia, y todos lo sabemos porque lo hemos experimentado al menos una vez. Pero eso no evita que lo vivamos como si fuera la definitiva. Porque en eso consiste la Nada. En no tener ni siquiera la esperanza del renacimiento. En pensar que Todo se acabó para siempre. Aunque la experiencia nos indique lo contrario.

Siempre se ha dicho que Todo es una palabra muy grande, inabarcable. Pero es que la Nada también lo es. Es la cruz de la misma moneda. No obstante, por lo que quiera que sea, esa Nada es ínfimamente más pequeña que el Todo, y esa irregularidad, ese defecto de la Naturaleza, permite la reconstrucción, lo que conocemos, la vida.

Cuando se creó el Universo, había la misma cantidad de materia que de antimateria, y ese equilibrio, esa perfección, impedía el nacimiento. Pero un nimio error, ¿casual?, permitió desequilibrar la balanza. Y crear Todo a partir de Nada.

Una vez más somos el reflejo del Universo. Se repite otra vez el mismo esquema, ya sea a nivel micro o macro La Naturaleza quizás sea sabia como dicen, de lo que estoy seguro es de que no es muy original.  
  
Somos el producto del error y la casualidad. Y eso, a mi modo de ver, es maravilloso.

lunes, 14 de mayo de 2012

UN CUENTO MÁS


Yo no debería estar escribiendo esto. Sencillamente porque esto no debería estar sucediendo. Aquí se habla a la ligera de las cosas que apenas nos rozan. Pero el kétchup de tu hamburguesa que cae cuando aprietas demasiado fuerte el pan de semilla, apenas roza levemente tu camisa blanca antes de precipitarse al vacío y dejar una gota en el suelo. Roza y mancha.

Así que no seamos tan ligeros al otorgar valor a las cosas. No pongamos el acento en cuánto nos afecta. Porque, lo quieras o no, te afecta. Lo veas o no, te afecta. Lo sientas o no, te afecta.

Mañana todo el mundo se echará las manos a la cabeza y no sabrá explicarse cómo hemos llegado a esto. Cómo es posible que no nos hayamos dado cuenta de hacia dónde nos dirigíamos. Cómo hemos podido estar tan ciegos. Y entonces será tarde. Porque ya es tarde.

Yo no vengo a decir qué hay que hacer, no vengo a erigirme en profeta. Nunca vi una zarza ardiendo ni me dieron dos tablas de piedra. Tampoco creo que hubiese sabido cómo cogerlas sin despeñarme colina abajo. Soy torpe de pies.

Esto es solo un cuento más. Uno de tantos. Me faltan los personajes, ésos que nos ofrecen la tranquilidad de la tercera persona. La trama la he robado. No es mía, al menos no del todo. Se puede decir sin miedo a equivocarse que soy coautor. No creo que cobre royalties por esto.

Ustedes pueden ayudarme. Yo suelo hacerlo así:

Normalmente la acción ya ha comenzado cuando se acercan al texto. Eso significa que el comienzo no es importante, o al menos, no posee una relevancia significativa para lo que quiero contarles. El comienzo lo pueden poner ustedes.

Hay un personaje que habla en primera persona. No soy yo, es ficción en la mayoría de los casos (no siempre, no voy a engañarles), pero no sé hacerlo mejor. Además creo que es un recurso bastante logrado para crear un clima de verosimilitud. Es un observador. O bien el protagonista. En este caso, ambas facetas se interrelacionan.

Nunca… Miento. Casi nunca escenifico la acción en un lugar concreto. Para inventar un Macondo ya lo hizo García Márquez magistralmente. Con eso pretendo acercaros a la acción, porque el contexto también corre de vuestra parte. Visto así parece que mi tarea es bien sencilla.

A este personaje le suceden cosas. Esa es mi labor. Pensar qué cosas le ocurren y cómo le afectan. Suelen tener dilemas morales, problemas psicológicos, relacionales o, simplemente, tratan de ordenar su mundo lo mejor que saben y pueden.

Por último me gusta dejar el final abierto. En este caso la colaboración con la persona que lee es imprescindible. De otro modo parecería que estoy siendo muy directivo o que estoy dando clases de algo. Y créanme aquellos que no me conocen: Una timidez casi patológica me lo impide. Otorgarme el papel de director de orquesta me parece un ejercicio de megalomanía bastante acentuado.

Ahí tienen los ingredientes, ahora volvamos al principio…

Yo no debería estar escribiendo esto. Sencillamente porque esto no debería estar sucediendo. Ya poco importa de quién es la culpa y cómo hemos llegado a esta situación. Si es una cuestión social o individual, no lo sé. Tampoco creo que importe.

Lo único que quiero decir hoy aquí es que hace tiempo que tengo miedo. No es un miedo aterrador, paralizante. No, es de otra especie, más insidioso, constante, sabes que está ahí pero no te impide vivir. Como un dolor de muelas que solo aparece muy de vez en cuando, pero que nunca se va, que se queda entre bambalinas, esperando la llamada.

Quizás sea un paranoico, ojalá. Pero no me apetece ver las noticias, leer el periódico, porque me dan miedo. Porque sé que no nos cuentan toda la verdad. Porque la primera labor de un buen dirigente es mantener la calma y tranquilizar a sus subordinados. Y aún así no lo están consiguiendo.

Yo no sé muchas cosas, pero creo  en los ciclos. Cada generación ha vivido una guerra o una revolución, la mía no. Los acontecimientos históricos no suceden de un día para otro. Uno no se levanta una mañana y dice: ese es mi enemigo. Creo que es una cuestión de desgaste y perseverancia. Y creo en Maslow y su pirámide de necesidades. Y si tocas la supervivencia, el resto carece de importancia. Alguien que no tiene nada que perder es un mal enemigo. Y se está acorralando a demasiada gente. Leí una viñeta que decía: “Si quemáis los contenedores de basura, ¿dónde iréis a buscar la comida?” Este país mío tan dado al humor negro…

Tan solo pido que la guerra que vendrá no me coja demasiado mayor.

Y ahora, tranquilicémonos todos, que esto es  tan solo un cuento más. Uno de tantos. Y yo, en el mejor de los casos, solo soy coautor.



miércoles, 21 de marzo de 2012

BARRIO

El pasear por amplias avenidas, repletas de coches, humos, bolsas de mercado con piernas veloces, ruidos, palomas absortas en sus quehaceres y grandes edificios de cemento, no evita que de vez en cuando, recuerde que vengo de un barrio a las afueras de un pueblo con forma de ciudad.

En mi barrio plantaban naranjos cuyo fruto estaba prohibido por las madres, pues servían para desinfectar las jeringuillas de vecinos descuidados. El estadio era la calle de atrás y el encuentro duraba hasta que el cielo negro decidiese el vencedor, con un intermedio para la merienda.

Lo prohibido tenía ese punto atractivo para hacer brotar la imaginación a raudales, jugándonos el tipo inconscientemente, entre huecos de escaleras, hierros oxidados, cristales de botellas verdes y basura. Allí donde mujeres que nunca vimos trabajaban en asuntos que no entendíamos muy bien entonces. Pero que traía turismo al barrio. Aquellos edificios a medio terminar fueron la eterna promesa que nunca creímos, ni aun viéndola cumplida.

El vecino cuidaba del niño cuyos padres necesitaban ausentarse, las croquetas eran un bien común, el camino a casa se hacía a pie y la televisión era ese mueble raro que miraban los adultos.

La iglesia era el club social y poco importaba si creías en éste o aquél dios, o ninguno. Sólo importaba sentarte al lado de la chica y hablar como si supieses de algo. Y luego ser amigos. Porque en mi barrio los amigos eran eternos. Y el tiempo, que lo sabía bien, no se inmiscuía en nuestras cuestiones, pasaba por al lado, respetuoso, derrotado.

Los grandes almacenes abrían en domingo y nunca sabías cuánto ibas a gastar y qué te llevarías. Bajo el ardiente sol expectante y los suelos de albero, tan solo esperabas que se acordasen de ti y tu paciencia se viese recompensada con una Fanta de naranja y una bolsa de almendras.

Y hubo personajes ilustres que no saldrán en los libros de historia, pero que aquellos que los conocimos, los recordaremos antes que a Napoleón o Carlos I. Viven en la memoria colectiva de la gente y todos tienen una anécdota que contar cuando volvemos a reunirnos.

En mi barrio no se premiaba la honradez, porque se daba por supuesta. Mañana te pago, llévate mejor este, ahora mismo vuelvo… Verdades absolutas.

Ahora mi barrio ya no existe, porque no era solo un lugar, también era un tiempo. Y ambas cosas cambiaron para siempre. Pero la gente que compartió ese tiempo y ese espacio aún existe y anda por ahí desperdigada. Nostálgicos y algo desorientados, con la leve intuición de que quizás no les enseñaron las verdaderas reglas del juego, las más adaptativas a estos tiempos, pero orgullosos de llevar consigo las suyas propias.

En mi barrio aprendí tres axiomas fundamentales: “No prometas lo que no puedas cumplir”, “Todo lo que cueste dinero es barato” y “Más estudia un necesitao que un abogao”. Y esas son mis reglas del juego.

domingo, 11 de marzo de 2012

LA CÍCLICA HISTORIA DEL HOMBRE Y EL CUERVO

Cuando el Reverendo hizo público el veredicto ante la audiencia y pronunció su nombre, aun no me lo podía creer. Los ecos resonaban en mis oídos: Cuervo.
Nadie conocía su verdadera identidad, pero todos le llamaban, en principio el Cuervo, como mote y más tarde Cuervo, como su propio nombre.
El apodo  de “El Cuervo” se lo pusieron los niños y le venía al pelo por su siniestro físico: era un viejo grande y enjuto, desgarbado, con la tez morena por el sol y el hollín a partes iguales, pelos y barba negra enmarañada, pantalones grises con más remiendos que la constitución, unas enormes botas gastadas y un gabán tres cuartos negro con tanta mugre que podría decirse que no necesitara al Cuervo para desplazarse. Llevaba también un gorro de lana tieso como si fuese cartón y unos guantes sin dedos. En definitiva una enorme sombra negra. Como un Cuervo.
Luego vino el nombre. Y esto fue achacable a su profesión. Empujaba un destartalado carro de unos grandes almacenes, recolectando toda clase de cachivaches que pensara que podrían serle útiles: alambres, cobre, bisagras de hierro, pestillos oxidados, llaves perdidas... Siempre  ojo avizor, como experto chatarrero, recogiendo en la basura todos los objetos más o menos brillantes que pudiera encontrar en su travesía. Atesorar descuidos de los demás. Como un Cuervo.
Al principio lo miraban con recelo, pero con el paso de los días, los habitantes del pueblo se acostumbraron a él, y convivió como miembro del paisanaje de pleno derecho. Y aunque en alguna ocasión había sido involuntariamente utilizado, sin saberlo, por madres desesperadas para amenazar a sus desobedientes y testarudos retoños, inventando secuestros y sacrificios, lo cierto es que Cuervo siempre se mostró como un hombre callado y pacífico, sin armar revuelo.
Apareció un día y desapareció otro. Entre medio, el otoño y el invierno. Y los terribles acontecimientos que sacudieron a la población. En un pueblo tan pequeño y perdido como este, era sencillo encontrar culpable al extraño, al que vino de fuera. Poco imaginaban las desconsoladas madres y los consternados padres que se harían realidad sus ingenuas amenazas. Los niños habían desaparecido.
Como era de esperar, nadie se atrevió a pronunciar el “cuidado con lo que deseas...” ni en susurros, a riesgo de ser asesinados en el acto, sin juicio previo y con todos los atenuantes imaginables o inventados para el homicida.   
La risa desapareció del pueblo, la algarabía del mercado se convirtió en una nueva versión de la santa compaña, se acallaron los gritos, se silenciaron las canciones y jugar quedó prohibido bajo pena de destierro. El pueblo se convirtió en un cementerio y sus habitantes en fantasmagóricas apariciones. Los mismos perros, siempre tan atentos a los sentimientos humanos, primero comenzaron a ladrar en voz baja y luego a silenciar sus pisadas. Ya no corrían tras los gatos ni perseguían jubilosos al cartero. Eran perros serios.
El Sheriff, recientemente elegido, se declaró impotente para hacerse cargo de una investigación de tal envergadura. Además, para su descargo, estaba su pequeña como una más de las víctimas. Los ayudantes ni tan siquiera se pronunciaron al respecto. Nadie se vio con fuerzas para achacarle su falta de profesionalidad. Quizás en sus circunstancias, todos hubieran hecho lo mismo. Se vivió como un acto de honestidad y no faltó quien aplaudió su comportamiento.
Tal era la frustración de los habitantes del pueblo que nadie pudo hacer otra cosa que no fuese sumirse en una profunda quietud. Como una neblina que cegase los ojos y mutilase la voluntad. Las tareas diarias continuaban su discurrir pero por memoria gastada, más que por iniciativa o ilusión de mejora.
Los últimos valientes, recordando hazañas de tiempos pasados cuando acabaron con la amenaza del lobo, se organizaron para realizar una batida por la zona boscosa, a fin de encontrar algún indicio del paradero de las criaturas. Pero una vez más, el cobarde hizo acto de presencia cargado con toda su sensatez, esa que es irrebatible, porque ataca en lo más profundo del ser humano, allí donde se guarecen los miedos: “¿Realmente queréis encontrar certezas?”.
Y aunque más de uno y más de dos le odió en ese momento como nunca habían odiado a nadie, como no creían que fuese posible odiar, en el fondo de su ser reventó el candado del calabozo de miedos atroces. Y una vez más quedaron inmóviles como conejos ante el peligro inminente. Prefirieron vivir con la duda que morir con la seguridad.
Así, el pueblo aprendió a vivir sin niños, sin juegos, sin esperanzas y sin ilusión. Aprendió a quedarse quieto, a no preguntarse si podrían haber hecho algo más, a mirar hacia otro lado, a no debatir si merece la pena y, lo que es más triste: A rezar el consabido que me quede como estoy.

martes, 6 de marzo de 2012

ROPA TENDÍA

Ahora solo queda recoger las sábanas, meterlas en el cubo de la ropa sucia, buscar bajo la cama el indicio de lo ocurrido y plegar de nuevo el sofá. Hacerme pasar por arquitecto de interior y construir un salón donde todo era dormitorio.

Hacer esas tareas que tuve que aprender por mi cuenta, cuando las cartas comenzaron a llegar a mi nombre.

Fregar los platos y las tazas siempre se me dio bien y el resto es benevolente conmigo. Nunca precisé demasiado espacio para vivir en el mundo y fui tolerante con los ácaros, que se acostumbraron a mi presencia, casi siempre silenciosa. El lugar que necesito abre para dentro.

Despliego el minúsculo balcón para que entre el mundo con sus prisas, sus risas y su claxon que me increpa y me trae la cuenta por insistir en ser urbanita. Metropolitano. Ciudadano.

Recojo de un cenicero inventado colillas que no he fumado, friego una taza escondida de la que no he bebido, el azúcar sobrante es mi testigo, doblo ropa que no me he puesto ni llevan mi olor, guardo los mecheros que no he encendido y disfruto cada tarea.

Una cafetera con achaques de edad y golpes, testigo del primer lo siento y del tatuaje de sonrisa interna  que se convertirá en anécdota con el tiempo, me exige recoger los restos del tercer café para preparar un cuarto.

Me recreo en cada acto, lento, consciente, para alargar el tiempo entre casa habitada y almacén. Me gusta volver a hospital robado, testigo de vida, de tiempo compartido. Ordeno como estibador y creo una fotografía.

Cuando, finalmente todo está recogido y ordenado, enciendo la farola de la pequeña plaza que hay entre Camden High Street y Rodeo Drive, ocupo mi banco y miro los tejados. Si miras bien, en la plaza hay un cine, una biblioteca, un club de música, una ludoteca y hasta una cafetería… Pero yo miro los tejados y me imagino los balcones con ropa tendía, como metáforas de cosas  por hacer, por terminar. Como símbolos de procesos inacabados. Y me siento contento por lo vivido. Por lo que queda. Y en mi interior sé que pasa el día y mañana faltará uno menos para volver a repartirme, para volver a mudarme sin moverme del sitio.

lunes, 27 de febrero de 2012

UNA INVESTIGACIÓN PRIVADA

Hace días que no llueve, lo cual es de agradecer, pues facilita mi investigación. La lluvia limpia las aceras y tejados pero también borra pistas sutiles que solo alguien con mis cualidades puede percibir. Se lleva indicios y trae consigo la prisa. Y es incómoda. Los transeúntes huyen despavoridos de la lluvia como si fuese ácida. No se lo recrimino, pero podrían ser más cuidadosos, mirar, sortear, disculparse…

A nadie en su sano juicio le apetece mojarse, me parecería absurdo permanecer bajo la lluvia como un espantapájaros en medio de la gran manzana. Como Gene Kelly en aquella absurda película que proyectaron en el viejo cine de verano... ¡Qué felicidad! ¡Qué estupidez!

El caso es que el invierno está siendo benigno en ese sentido esta vez, aunque quizás haga demasiado frío… No soporto el frío. Me ralentiza los movimientos, me tensa los músculos y me crujen las articulaciones. No es que esté mayor pero no he tenido una buena vida. Podría decirse que soy un tipo que se ha hecho a sí mismo. No quiero aburrirles ni  autocompadecerme, pero fui abandonado al poco de nacer y eso es un hecho objetivo. Conozco la calle y sé moverme bien, no busco problemas si los problemas no me buscan a mí. Y aunque a veces tuve encontronazos, peleas y heridas, entiendo que es el modo de vida que me tocó vivir y tuve que aprender a caer de pie. Me gano la vida como buenamente puedo. He robado y me he hecho el tonto cuando fue necesario. Aprovecho mis cualidades y preveo las circunstancias oportunas para que se den una serie de  causas que me favorezcan, eso es todo. Nunca he atacado a nadie pero sí me he defendido. Y hasta ahora me ha ido bien.

Soy un tipo solitario, taciturno. No me gustan los problemas y la gente siempre trae problemas. Voy de acá para allá, no voy donde no me quieren y no pido la aprobación general. No tengo amigos porque no los necesito. Esto es importante, procuro evitar crearme necesidades, porque con el tiempo nos convertimos en sus esclavos. La vida ya te equipa con una serie de necesidades básicas que debes suplir para continuar en este juego, el resto son superfluas. Mucha gente no entiende esto, les choca, les desorienta e incluso hay quien se enoja porque no comprenden que haya otra forma de vivir diferente a la que les han enseñado sus padres y la escuela. Pero ya dije que no conocí a mis padres y, evidentemente, nunca he ido a la escuela.

No obstante, de vez en cuando me dejo caer por casa de una conocida. No se puede decir que seamos amigos pero es una buena persona. Se pasa las horas sentada frente a una vieja Olivetti 64, escuchando música jazz en un tocadiscos y fumando incesantemente. Esto último no me hace mucha gracia pero ya digo que es una buena chica, agradable, no me agobia y siempre tiene algo que ofrecer. Supongo que ambos cubrimos nuestras soledades pero sin contraprestaciones ni malos rollos.
Ahora que lo pienso, hace tiempo que no le hago una visita… Me la imagino fumando, escuchando al viejo Miles y tecleando sin parar hasta altas horas de la madrugada, siempre junto al diminuto balcón abierto, dejando entrar el ruido de la vida. Quizás vaya a verla más tarde.

La investigación está en punto muerto desde hace un par de días más o menos, la verdad  es que nadie me contrató pero me resulta imposible luchar contra mi curiosidad natural y, siendo sinceros, este caso es bastante llamativo. Si habéis leído los periódicos últimamente no creo que haga falta poneros en antecedentes, además ha sido algo muy comentado en todo el barrio. No todos los días echa el cierre un local tan emblemático de la noche a la mañana. Yo lo he conocido desde que tengo uso de memoria y me consta que ya era antiguo antes de que yo conociera su existencia. Dicen que estaba allí de toda la vida. Aunque eso lo dudo.

El caso es que en una de mis habituales rondas callejeras, quizás me hayas visto alguna vez aunque suelo pasar bastante inadvertido (es esencial para mi supervivencia, dedicándome a lo que me dedico), constaté que la persiana mohosa aún estaba echada. Nunca llevo reloj pero era evidente que a esa hora debía estar abierta siendo un día de diario. Pero nada, la chapa aún estaba cerrada, con el hedor inconfundible de las micciones de los perros que corroían las esquinas. ¡Cómo odio a esos bichos! Son  dóciles hasta el hartazgo, bobalicones, sin personalidad, siempre a expensas de lo que quieran sus estúpidos dueños, meneando la cola ante la más mínima carantoña, siempre buscando la aprobación ajena. Bufones, engreídos, mejores amigos del hombre… ¿Amigos? Imbéciles, creced, no hagáis lo que se espera de vosotros a ver dónde aparecéis al día siguiente… ¡Esclavos consentidos! ¡Qué faltos de dignidad! Por no hablar de lo sucios que son, cómo huelen, hacen sus necesidades en cualquier parte, no se limpian… Definitivamente los perros son odiosos. Aunque haciendo un ejercicio de honestidad, puedo entender a sus dueños: Tienen a un esclavo por poco esfuerzo y que jamás se quejará. Un chollo. Bueno, que me marcho por las ramas como dicen, pero es que es un tema que… En fin, que el local estaba cerrado.

Al principio no le di mayor importancia, pensé que el dueño, un tipo huraño y con malas pulgas, estaría enfermo o vete tú a saber qué. Pero con el pasar de los días me fui preocupando, era uno de mis locales favoritos del barrio, de esos que te hace la vida un poco más llevadera. Y aunque he tenido peligrosos enfrentamientos en el callejón de atrás, me he hecho respetar entre los parroquianos.

Ayer por fin volvieron a abrir las puertas pero lo que encontré me dejó totalmente descolocado. Era un lugar totalmente nuevo, desconocido. Tuve que cerciorarme bien de que era la misma calle y el mismo número. Era como un sueño. ¿Qué digo un sueño? Una pesadilla.

Había amplios ventanales que casi llegaban al suelo, con una puerta grande de madera, acristalada. En el interior, varias mesas de despacho con cómodas y mullidas sillas con reposabrazos para los trajeados dependientes. Y una pared entera con fotografías de casas y chalets en venta y para alquilar.

¿Qué significaba todo esto? , ¿Dónde estaba la mohosa persiana?, ¿Dónde estaba el hombre del delantal y los cuchillos?, ¿Dónde los expositores de metal recubiertos de nieve?, ¿Dónde? Oí a una vecina decir que por culpa de la crisis habían traspasado la antigua pescadería. Sigo investigando aunque no sé muy bien qué significa la palabra “crisis”. Claro que yo solo soy un gato.

lunes, 20 de febrero de 2012

EL VERBO

“Ojalá se te acabe la mirada constante,
la palabra precisa, la sonrisa perfecta…”
Silvio Rodríguez

"En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas" (Jn. 1:1-3).
Con esta frase, perenne, comenzaba cada segundo semestre su asignatura. Luego cerraba el libro y de un modo teatral concluía: el resto son cuentos. Y lo lanzaba hacia la tarima de forma distraída para realzar la escenificación de su ateísmo confeso ante la atónita concurrencia que observaban ojipláticos.
La puesta en escena era, cada año, un acontecimiento que ningún alumno estaba dispuesto a perderse. El Profesor, como le llamaban todos, incluido el Rector, sabía de su carisma y disfrutaba de estas muestras de irreverencia que hacían, a su ya de por sí mítica figura, alzarse por encima del resto de los mortales.
Era importante mostrar la distancia. Era esta distancia la que le proporcionaba un aura de misterio que facilitaba la reverencia por parte de los alumnos, que, embelesados por el dictado de sus clases, perdonaban e incluso justificaban sus continuas salidas de tono. Es un genio y tiene su carácter. Eso era todo. Amén.
En esta fría y lluviosa mañana del gris noviembre, nadie quería perderse la oportunidad de decirle su último adiós al Profesor. Y nadie es NADIE.
Y sin embargo podría contar con los dedos de media mano cuántos de aquí apreciaron al Profesor en vida.
Paradójicamente la vida misma le hizo una última jugarreta: Afasia por traumatismo cráneo-encefálico con hemorragia en las áreas de Broca y Wernicke. Como si a Miguel Ángel a dos días de darle el toque final a su Piedad le seccionan las manos a la altura del cúbito.
Era un orador excepcional, preciso, mordaz, con un bisturí por lengua y una inteligencia superior. “La precisión lo es todo, nadie toma un martillo para enroscar una bombilla. El lenguaje es nuestra herramienta más útil, úsenla con precisión señores, hagan el favor. O busquen una buena rama y vuelvan por donde vinieron sus antecesores. No se lo tomen a mal, es un buen consejo: Serán más felices y me harán feliz a mí”
La gente se cuidaba mucho de diferir de los postulados del Profesor que, por otro lado, disfrutaba plenamente de una buena discusión. Lo hacía como un buen maestro de ajedrez, colocando sus piezas, obligándote a mover, a decidir que expresión querías utilizar y con qué fin, preparando la celada, haciéndote dudar para finalmente mostrarte un jaque mate infalible. “Un hombre es esclavo de sus palabras y dueño de sus silencios, pero no es cierto que no haya nada más hermoso que el silencio: la palabra.”
No es fácil elegir una homilía para un momento como este, debe ser un alivio para el padre prior la manifiesta confrontación que mostró el Profesor hacia la Iglesia y sus preceptos en vida. Y no era tanto por las creencias irracionales de sus feligreses o las actitudes dictatoriales de los prelados como por la inconsistencia del mensaje. “Lo que realmente insulta al raciocinio es el uso del lenguaje, la ambigüedad del mensaje, lo equívoco  de su axioma. Los saltos explicativos de la lógica para justificar la ineptitud de sus legados. Para poder encajar todas las piezas de un rompecabezas infinito crearon la fe y  argumentaron su falta de conocimiento del lenguaje con la incapacidad del hombre para entender los designios divinos… ¿Pero puede un ser Todopoderoso crear una piedra que ni él mismo pudiese mover? ¿Qué sentido tiene pedir perdón a un ser omnisciente? Señores abandonen a Pablo de Tarso y lean a Nietszche, háganse ese favor o lobotomícense cada domingo con pan ácimo”    
El Profesor siempre habló de crear una escuela de oratoria como en tiempos de la Grecia Clásica, soñaba con la Mayéutica socrática y echaba de menos el ágora donde jamás vivió. Gustaba de los juegos de palabras. “Ya existe un Conservatorio Superior de Música y es necesario. Yo pretendo crear el Conversatorio Superior de la Palabra porque también lo es. Y no hay más que veros a vosotros, estimados alumnos, para que me lluevan las subvenciones estatales.”
Nadie dirá nada hoy aquí. Nadie se atreverá a decir nada porque no creen estar a la altura necesaria para ofrecer un discurso digno del que dedicó su vida a dignificar el discurso. La vida misma, envidiosa, le arrebató la palabra al final de sus días. Nadie dirá nada y así debe ser. El silencio hará inmortal al Profesor. Porque no existe lo que no se dice. Y callar una muerte, negarle el verbo, es negarle su existencia. 

jueves, 2 de febrero de 2012

EL OTRO OLVIDO

No sabes dónde has puesto las llaves, no sabes dónde aparcaste el coche, olvidaste el nombre de aquél profesor, no recuerdas el cumpleaños de tu amigo… Fallos del cerebro. Lapsus mentales, incapacidades, deficiencias cognitivas.
¿Pero qué ocurre cuando estamos equivocados? ¿Cuando un hecho traumático nos destroza por dentro? ¿Cuando hicimos algo deleznable? No somos perfectos.
¿El olvido es realmente un fallo del cerebro o una prueba más de su grandiosidad?
Existe una enfermedad poco común: Hipermnesia o la capacidad de recordar cada instante de tu vida. Aquella que no permite olvidar, que no permite reconstruir los hechos, que no permite perdonar, que no permite perdonarnos.
Olvidar es empezar de nuevo. Es crecer. Todos tenemos derecho a empezar de nuevo, a errar y, sobre todo, a cambiar de opinión.
A tergiversar los hechos, a justificar acciones, a ganar la partida que realmente perdimos, a decir aquello que callamos, a creer que fuimos héroes o que no tuvimos alternativa. Al menos ante nosotros mismos. Si lo pensamos bien, es una cuestión de supervivencia. El cerebro reconstruye, crea, y no es mentira ese universo paralelo. Es el tuyo.
La Hipermnesia es una enfermedad, un fallo del cerebro. Imagina vivir cada instante, bueno o malo, como si estuviese sucediendo ahora mismo. Cada satisfacción pero cada dolor, cada alegría pero cada tragedia, cada acierto pero cada error. TODO.
Francamente creo que sería insoportable. Sinceramente creo que nos hubiésemos extinguido como especie. Los remordimientos no nos dejarían vivir en paz. Todos guardamos cadáveres en el sótano. Y nuestro juez es infalible e injustamente legal: uno mismo. Inquebrantable e insobornable. La única manera de salir medianamente a salvo de ese juicio es aferrarse al olvido y dejar que el cerebro primitivo, a modo de abogado defensor, reconstruya los huecos con el único pretexto de la supervivencia.
Ya somos suficientemente duros con nosotros mismos como para estar juzgándonos continuamente, pasando la prueba cada día.
Un ser humano es capaz de lo mejor y de lo peor incluso ante las mismas circunstancias (teóricamente esto es falso, pero seamos empíricos y transijamos por una vez y reconozcamos que no siempre podemos controlar todas las variables). Tan mezquino y ruin como altruista y solidario.
Por tanto, cómo negarle la posibilidad de cambiar de opinión, de arrepentirse y empezar de cero sin el lastre de culpa eterna. La parte más básica y originaria de nuestro cerebro, la que se dedica a salvarnos la vida (porque vivir es lo más importante para estar vivos) es la encargada de realizar la operación y no precisa de nuestro permiso consciente, ni tan siquiera de nuestra opinión, es más, le estorba.
Nos enseñaron desde pequeños que el mundo se divide en buenos y malos, que los buenos eran guapos y apuestos y los malos feos y cobardes. Nos contaron cuentos maniqueístas para ayudarnos a dormir sin decirnos que, a veces, podemos caer en el lado equivocado y no ser los héroes de la historia. Y si no lo somos, sólo nos queda un papel que ejercer… ¿Y quién quiere ser malo, mezquino, feo y cobarde? ¿Y quién puede vivir con ello?
Permito equivocarme, permito tener una opinión y luego la contraria. Creo en mi plasticidad, en mi posibilidad de cambio. Porque eso me hace adaptable y por tanto aumenta mis posibilidades de supervivencia. Darwin ya nos habló de esto.

martes, 31 de enero de 2012

SUCEDE


Sucede que me canso de ser hombre.
Escribe Neruda (y canta Robe). Yo no.
Yo no me canso de ser hombre. Yo, en ocasiones, me avergüenzo de serlo.
Y no me refiero a cómo nos cargamos el planeta y los animales. No, es aún peor. Yo no hablo del Hombre sino del hombre.
Sucede que un hombre decide que una mujer debe morir.
Sucede que estos hombres han decidido que las mujeres son de su posesión.
Sucede que muchos hombres pagan un servicio.
Sucede que un hombre decide que una mujer debe ser violada.
Sucede que otro hombre decide que esa mujer violada debe ser lapidada.
Sucede que los hombres (incluido el violador) se llenan las  manos de piedras.
Sucede que un hombre decide que la ablación genital es cultural.
Sucede que otros hombres aplauden la iniciativa.
Sucede que un hombre dice que una mujer debe ir virgen al matrimonio.
Sucede que otros hombres defienden su cultura.
Sucede que un hombre enseña la palabra del dios-hombre.
Sucede que esa palabra suele olvidarse de la mujer frecuentemente.
Sucede que hay un hombre que dice que hay que competir.
Sucede que otro hombre interpreta que ellas son el enemigo.
Sucede que los hombres esconden a las mujeres porque incitan al pecado.
Sucede que un hombre explica que histeria provine de útero.
Sucede que parece que han conseguido enfrentarnos.
Sucede que a veces siento que debo pedir perdón por lo que otros hacen.
Sucede que no entiendo por qué debo sentirme culpable.
Sucede que me siento culpable.
Sucede que no lo entiendo.
Sucede que están haciendo mucho daño.
Sucede que esto no termina aquí.



viernes, 23 de diciembre de 2011

EL FANTASMA DE LAS NAVIDADES FUTURAS (dedicado a Vicente, que sabe disfrutar de la ciencia y de la ficción)

- Al final fue cuando descubrimos que Sam no estaba con nosotros. Supongo que, con todo el bullicio de las compras y los juguetes, se despistó.
- Bueno, más bien nosotros nos despistamos. Ella solo tiene cuatro años. Es absurdo cargarle la responsabilidad de lo ocurrido.
- Pero ya está todo solucionado, ¿no?
- Sí, Sam está ahí dentro, durmiendo tranquila. Ha sido un día agotador para ella, demasiada excitación para un solo día… Y para nosotros.
- ¿A dónde quieres llegar?
- ¿Qué?
- Te comportas como si hubiese sido culpa mía…
- Eso es absurdo.
- En eso estamos de acuerdo. Es absurdo.
- Bueno, señores, creo que esto es algo que deberían discutir en privado, lo importante es que Sam ha aparecido y todo ha quedado en un susto.
- Supongo que sí, muchas gracias señor agente, buenas noches.
- Buenas noches.

- Parece mentira que quieras reprocharme lo ocurrido…
- Yo no te reprocho nada, sólo digo que nos despistamos, eso es todo.
- Bueno quizás tengas razón, estoy muy cansado y estoy algo susceptible. Mañana habrá que llamar para anular la reserva de…
- Sí, ahora es demasiado tarde. ¿Crees que nos cobrarán?
- Dalo por hecho.
- Cabrones…
- Es su trabajo.
- Ya sé que es su trabajo, pero es la primera vez en todos estos años que…
- Desde lo de Tokio se pusieron muy estrictos con las anulaciones…
- Lo sé pero esto es especial…
- ¿Qué tiene de especial? A veces pareces olvidar que…
- No, es imposible olvidarlo porque ahí estás tú para recordármelo a cada instante… Sé lo que pasó en Tokio, yo estaba allí, ¿recuerdas? Fue a mí a quién secuestraron, a mí y a doscientas cuarenta y nueve personas más. Lo recuerdo cada noche, cada día, cada vez que salgo de casa, cada vez que me monto en un ascensor, cada vez que arranco el coche, cada vez que suena el puto teléfono… Y si por casualidad logro olvidarlo por un solo segundo apareces tú para recordármelo una vez más…
- A veces pienso que fue un error…
- ¿De veras?, ¿piensas que fue un error?
- No, bueno no lo sé. A veces…
- Te recuerdo que fue idea tuya: “Formará parte de la terapia, en el pasado, la fobia se trataba con Desensibilización Sistemática… Esto será parecido”
- Lo sé, pero es que a veces no puedo evitar pensar que algo puede fallar y…
- ¿La crees capaz de hacer algo así?
- Yo que sé, yo no sé nada. Simplemente a veces nos dejamos llevar por las apariencias y Sam…
- ¿Sam qué? Dilo.
- Sam es un robot, cariño. Un robot. Con forma humana, increíblemente lograda, pero un robot. Una máquina. Sam imita las sensaciones, las emociones, crea nuevos repertorios conductuales partiendo de premisas y aprendizajes previos lógicos, pero es una máquina.
- Una máquina perfecta, te recuerdo. Y ambos estuvimos de acuerdo cuando la adoptamos. No me jodas, si fue idea tuya. Tú me convenciste.
- Nada es perfecto, además no la adoptamos, la adquirimos.
- Preferiría que no te refirieras a Sam…
- Lo sé y lo siento.
- Pero fue idea tuya…
- Y eso acrecienta mi sentimiento de culpa…
- De responsabilidad.
- Bueno eso. Pensé que cuidar y enseñar a una Socially Adaptable Manservant desde pequeña haría que perdieras el miedo hacia las máquinas tras lo de Tokio.
- Nunca antes la llamaste así.
- ¿Cómo?
- Prometimos no hacerlo jamás. Se llamaría Sam y nos pareció un divertido juego de palabras por tu madre, pero nunca la llamamos Socially Adap…
- ¿Lo ves? Ahí está el problema. No es un ser humano. Hace un momento le dijiste al agente del seguro que estaba dormida.
- ¿Y qué querías que le dijera:”Señor agente tranquilo ya está en su habitación apagada…” ¿Habitación o Hangar, qué es más oportuno, cariño?
- No es necesario ser irónica… Solo digo que…
- Si quieres, a partir de mañana, la llamamos por su número de serie…
- 742865994-E
- ¿Cómo?
-742865…
- Te he oído perfectamente. Lo que me parece increíble es que… ¿Pero a ti qué te pasa? Esto es increíble, sencillamente increíble.
- Lo siento.
- Durante cuatro años la hemos tratado como  si fuera nuestra propia hija. Tú le compraste su primera bicicleta, ¿recuerdas? Y ahora, al primer incidente ya es un puto número de serie…
- Ese es el problema, ¿es que no lo ves? “como si fuera”, no lo es.
- Sí, sí lo es. No veo el problema. Sam está ahí en su cuarto, rodeada de muñecas y peluches. Es nuestra Sam. Igual que ayer, igual que la semana pasada, igual que cada día desde hace cuatro años. ¿De qué tienes miedo? ¿De que coja un subfusil de asalto y nos encañone durante nueve horas?, ¿temes otro Tokio protagonizado por tu hija de cuatro años?
- No es mi hija.
- Eso lo has dejado claro con el 742 y pico ese de mierda.
- ¿Y qué quieres que haga?
- No lo sé, realmente no tengo ni idea. Lo que sí sé por primera vez en estos cuatro años es que yo no necesitaba a Sam, la necesitabas tú. El miedo no era solo mío. Yo sufrí el ataque pero el miedo era compartido y en vez de decírmelo me trajiste unos contratos: “¡Feliz Navidad, cariño!”. No sé qué pensar…
- Lo lamento mucho.
- Lo sé. Y yo.
- Mañana llamaré para anular la reserva del código de desactivación.
- Preferiría que no hablases así de Sam.
- A veces no puedo evitarlo.
- ¿Podrás quererla algún día?
- No lo sé…
- Me gustaría que ese fuese mi regalo este año.
- Y a mí.