- Al final fue cuando descubrimos que Sam no estaba con nosotros. Supongo que, con todo el bullicio de las compras y los juguetes, se despistó.
- Bueno, más bien nosotros nos despistamos. Ella solo tiene cuatro años. Es absurdo cargarle la responsabilidad de lo ocurrido.
- Pero ya está todo solucionado, ¿no?
- Sí, Sam está ahí dentro, durmiendo tranquila. Ha sido un día agotador para ella, demasiada excitación para un solo día… Y para nosotros.
- ¿A dónde quieres llegar?
- ¿Qué?
- Te comportas como si hubiese sido culpa mía…
- Eso es absurdo.
- En eso estamos de acuerdo. Es absurdo.
- Bueno, señores, creo que esto es algo que deberían discutir en privado, lo importante es que Sam ha aparecido y todo ha quedado en un susto.
- Supongo que sí, muchas gracias señor agente, buenas noches.
- Buenas noches.
- Parece mentira que quieras reprocharme lo ocurrido…
- Yo no te reprocho nada, sólo digo que nos despistamos, eso es todo.
- Bueno quizás tengas razón, estoy muy cansado y estoy algo susceptible. Mañana habrá que llamar para anular la reserva de…
- Sí, ahora es demasiado tarde. ¿Crees que nos cobrarán?
- Dalo por hecho.
- Cabrones…
- Es su trabajo.
- Ya sé que es su trabajo, pero es la primera vez en todos estos años que…
- Desde lo de Tokio se pusieron muy estrictos con las anulaciones…
- Lo sé pero esto es especial…
- ¿Qué tiene de especial? A veces pareces olvidar que…
- No, es imposible olvidarlo porque ahí estás tú para recordármelo a cada instante… Sé lo que pasó en Tokio, yo estaba allí, ¿recuerdas? Fue a mí a quién secuestraron, a mí y a doscientas cuarenta y nueve personas más. Lo recuerdo cada noche, cada día, cada vez que salgo de casa, cada vez que me monto en un ascensor, cada vez que arranco el coche, cada vez que suena el puto teléfono… Y si por casualidad logro olvidarlo por un solo segundo apareces tú para recordármelo una vez más…
- A veces pienso que fue un error…
- ¿De veras?, ¿piensas que fue un error?
- No, bueno no lo sé. A veces…
- Te recuerdo que fue idea tuya: “Formará parte de la terapia, en el pasado, la fobia se trataba con Desensibilización Sistemática… Esto será parecido”
- Lo sé, pero es que a veces no puedo evitar pensar que algo puede fallar y…
- ¿La crees capaz de hacer algo así?
- Yo que sé, yo no sé nada. Simplemente a veces nos dejamos llevar por las apariencias y Sam…
- ¿Sam qué? Dilo.
- Sam es un robot, cariño. Un robot. Con forma humana, increíblemente lograda, pero un robot. Una máquina. Sam imita las sensaciones, las emociones, crea nuevos repertorios conductuales partiendo de premisas y aprendizajes previos lógicos, pero es una máquina.
- Una máquina perfecta, te recuerdo. Y ambos estuvimos de acuerdo cuando la adoptamos. No me jodas, si fue idea tuya. Tú me convenciste.
- Nada es perfecto, además no la adoptamos, la adquirimos.
- Preferiría que no te refirieras a Sam…
- Lo sé y lo siento.
- Pero fue idea tuya…
- Y eso acrecienta mi sentimiento de culpa…
- De responsabilidad.
- Bueno eso. Pensé que cuidar y enseñar a una Socially Adaptable Manservant desde pequeña haría que perdieras el miedo hacia las máquinas tras lo de Tokio.
- Nunca antes la llamaste así.
- ¿Cómo?
- Prometimos no hacerlo jamás. Se llamaría Sam y nos pareció un divertido juego de palabras por tu madre, pero nunca la llamamos Socially Adap…
- ¿Lo ves? Ahí está el problema. No es un ser humano. Hace un momento le dijiste al agente del seguro que estaba dormida.
- ¿Y qué querías que le dijera:”Señor agente tranquilo ya está en su habitación apagada…” ¿Habitación o Hangar, qué es más oportuno, cariño?
- No es necesario ser irónica… Solo digo que…
- Si quieres, a partir de mañana, la llamamos por su número de serie…
- 742865994-E
- ¿Cómo?
-742865…
- Te he oído perfectamente. Lo que me parece increíble es que… ¿Pero a ti qué te pasa? Esto es increíble, sencillamente increíble.
- Lo siento.
- Durante cuatro años la hemos tratado como si fuera nuestra propia hija. Tú le compraste su primera bicicleta, ¿recuerdas? Y ahora, al primer incidente ya es un puto número de serie…
- Ese es el problema, ¿es que no lo ves? “como si fuera”, no lo es.
- Sí, sí lo es. No veo el problema. Sam está ahí en su cuarto, rodeada de muñecas y peluches. Es nuestra Sam. Igual que ayer, igual que la semana pasada, igual que cada día desde hace cuatro años. ¿De qué tienes miedo? ¿De que coja un subfusil de asalto y nos encañone durante nueve horas?, ¿temes otro Tokio protagonizado por tu hija de cuatro años?
- No es mi hija.
- Eso lo has dejado claro con el 742 y pico ese de mierda.
- ¿Y qué quieres que haga?
- No lo sé, realmente no tengo ni idea. Lo que sí sé por primera vez en estos cuatro años es que yo no necesitaba a Sam, la necesitabas tú. El miedo no era solo mío. Yo sufrí el ataque pero el miedo era compartido y en vez de decírmelo me trajiste unos contratos: “¡Feliz Navidad, cariño!”. No sé qué pensar…
- Lo lamento mucho.
- Lo sé. Y yo.
- Mañana llamaré para anular la reserva del código de desactivación.
- Preferiría que no hablases así de Sam.
- A veces no puedo evitarlo.
- ¿Podrás quererla algún día?
- No lo sé…
- Me gustaría que ese fuese mi regalo este año.
- Y a mí.